Hace ya unos cuantos días tuve la suerte de estar en una magnífica mesa redonda en la Universidad de Alicante con motivo del Día del Traductor. La actividad la organizamos en conjunto Asetrad y la Universidad, o más bien Asetrad y Pino Valero, una profesora de las que hay pocas (y no solo lo digo yo), pero esa es otra cuestión. En la mesa redonda, Belén Lozano, profesora adjunta y traductora, Ana Fernández e Isabel Cutillas, traductoras autónomas y socias de Asetrad, dieron consejos sobre cómo adentrarse en el mercado de la traducción con paso firme, seguridad y profesionalidad a los estudiantes que allí estuvieron. Fueron consejos de esos que la mayoría de los traductores ya sabemos pero que no nos viene nada mal recordar de vez en cuando.
Pero no pretendo hacer un resumen de lo que allí se dijo, sino reflexionar sobre una cuestión que surgió entre los estudiantes y que se quedó dando vueltas en mi mente. La conversación surgió a raíz de un consejo sobre nuestra presencia como profesionales en las redes sociales y la opinión de algunos de los alumnos sobre la conveniencia de tener dos perfiles distintos en Twitter, Facebook, etc. para separar lo profesional de lo personal.
No es la primera vez que se me plantea esta cuestión, ni tampoco la primera vez que oigo la recomendación de tener dos cuentas diferentes en las redes sociales y no puedo decir que no me parezca un buen consejo, pero después de reflexionar al respecto, puedo decir que, al menos por ahora, no lo comparto.
Yo tengo cuenta en Facebook, Twitter y LinkedIn, aunque esta última no es muy relevante en esta cuestión porque ya es por sí misma una red social profesional. También tengo cuenta en Tuenti, que me sirvió durante algún tiempo para comunicarme con los más jóvenes de la familia, pero lleva cerrada ya muchos meses. Así que, al fin y al cabo, cuando hablo de redes sociales estoy pensando básicamente en dos: Facebook y Twitter.
La segunda la uso sobre todo para estar en contacto con otros traductores, así que tampoco se me plantea ese problema. De todas formas, supongo que por las características de esta red social, nunca la utilizaría para nada que no esté dispuesta a que lea cualquiera, puesto que el objetivo de Twitter es, precisamente, que todo el contenido o la mayoría sea público.
En Facebook, sin embargo, solo tengo una cuenta y en mi lista de «amigos» se cuentan mi grupo de amigos más cercanos, los del pueblo, antiguos compañeros de una universidad, de otra, gente a la que conocí cuando estuve de Erasmus, colegas de profesión, etc. Sí, a lo mejor parece una barbaridad tener a tanta gente mezclada, pero lo que sí utilizo mucho en Facebook son las opciones de privacidad que me ofrece, que no serán perfectas, eso seguro, pero sí bastante completas desde mi punto de vista. En Facebook uno puede ocultar todo el contenido que quiera a personas concretas, grupos de personas, al público en general, etc. Aunque más que de privacidad y de ocultar información, que me parecen planteamientos bastante negativos, yo considero más bien que haciendo uso de esas opciones tengo la oportunidad de seleccionar qué facetas de mi vida quiero mostrar a cada persona, dependiendo de la relación que tengo con ella.
¿Y por qué prefiero controlar esa información con las opciones de privacidad en lugar de con dos cuentas? Pues, por una parte, porque me supone menos esfuerzo: únicamente tengo que mantener actualizada una cuenta, que ya me cuesta y a menudo pasan varios días sin que me dé tiempo ni siquiera de entrar. Además, si me lo planteara así, en Facebook yo no solo tengo dos niveles de privacidad, sino varios, por lo que si quisiera mantener eso mismo con cuentas distintas, tendría que tener no dos sino cuatro, cinco o seis cuentas. ¡No quiero ni imaginarme el tiempo que eso me supondría! Y, por otra parte y creo que lo más importante, porque yo no soy una persona distinta cuando me relaciono con mis amigos, con mis colegas de profesión o con mis clientes. Soy la misma persona, pero según con quién esté en cada momento hablo de cosas diferentes e incluso puede llegar a ocurrir que el que inicialmente era colega de profesión acabe por convertirse en amigo. Por tanto, si en la vida real soy la misma persona que cada vez habla de una cosa, ¿por qué tengo que convertirme en dos en las redes sociales?
Incluso podríamos ir más allá, pues tampoco me parece raro que un cliente o un colega de profesión con el que tienes confianza y buena relación pueda saber si tienes familia, dónde vives, qué lugar visitaste cuando fuiste de vacaciones,… Son cosas normales que se cuentan los compañeros de trabajo, por ejemplo, ¿no? Y si es así, ¿por qué no puedo hacer yo lo mismo en las redes sociales? ¿Qué tiene de malo, por ejemplo, que un colega pueda leer algo sobre mis últimas vacaciones?
Entonces, si yo no me convierto en otra persona cuando me relaciono en vivo y en directo con los demás (si lo hiciera me diagnosticarían, como mínimo, doble personalidad), ¿por qué debería convertirme en dos perfiles en las redes sociales? Nunca me pareció bien que la gente utilizara Internet para decir que tenía otra edad, otro aspecto, etc. y tampoco veo la necesidad de disimular (u ocultar) quién soy con dos perfiles distintos. Lo importante, al fin y al cabo, es ser uno mismo con todo el mundo.
OCT

Interesante reflexión, Paula. Yo, de momento, no tengo esos problemas con las redes sociales: no tengo cuenta en Twitter; LinkedIn, como bien has dicho, ya es de por sí una red profesional, y Facebook solo lo utilizo para fines personales, por lo que únicamente acepto como amigos a aquellas personas que no me importa que estén al tanto de mi vida personal (aunque nunca publico nada demasiado íntimo, más allá de fotos de viajes, opiniones sobre algún tema o enlaces interesantes). Creo que es importante separar la vida profesional de la personal, al menos hasta cierto punto; tampoco es cuestión de que los clientes o los colegas de profesión piensen que eres un autómata sin vida privada. El aspecto humano también es importante, sin que eso implique airear nuestra vida personal ante cualquiera.
Un saludo,
Isabel